Después de 30 años sin volver a México, una entrevista de tres minutos cambió su vida
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Santos Torquemada llegó a Estados Unidos en 1995. Durante tres décadas trabajó, formó una familia y construyó su propio negocio en Tennessee, pero vivía con una preocupación constante: no tener la tranquilidad de conducir con una licencia vigente ni la libertad de regresar a México para abrazar a sus padres.
Su camino hacia la residencia permanente comenzó con una pregunta sencilla: “¿Y si sí se puede?” Lo que parecía un proceso de hasta 18 meses terminó alargándose por varios años debido a la pandemia. Cuando finalmente recibió su cita en Ciudad Juárez, el miedo volvió: ¿y si salía de Estados Unidos y ya no podía regresar?
Esta es la historia de un hombre que aprendió desde niño a no rendirse y que, después de 30 años de ausencia, volvió a su país con una visa aprobada y una nueva etapa por delante.

Trabajar desde los 14 años para ayudar a su familia
Santos nació en Hidalgo, México, y creció junto a sus padres y seis hermanos. Terminó la secundaria y, con apenas 14 años, dejó su hogar para trabajar en la construcción en la Ciudad de México.
Los primeros meses fueron difíciles. El trabajo era pesado y, por ser tan joven, no siempre recibió un buen trato. Sin embargo, encontró otra oportunidad en una obra nueva: comenzó barriendo la calle, aprendió albañilería, llegó a interpretar planos y, con el tiempo, quedó a cargo de un grupo de trabajadores.
Permaneció cerca de ocho años en aquella compañía. Esa experiencia no solo le enseñó un oficio; también formó la idea que lo acompañaría toda su vida: siempre existe una manera de salir adelante.
De Hidalgo a Tennessee: empezar otra vez desde cero
Después de que uno de sus hermanos insistiera en que en Estados Unidos encontraría más oportunidades, Santos decidió emigrar. Cruzó por Nogales y llegó a Tennessee, donde comenzó trabajando en una granja por $4.75 la hora.
El idioma y la falta de documentos limitaron sus posibilidades laborales. Trabajó durante años en granjas y fábricas hasta que, en 2015, regresó al oficio que conocía desde adolescente: la construcción.
Empezó nuevamente desde cero, aprendió las diferencias del trabajo en Estados Unidos y utilizó la tecnología para adquirir nuevas habilidades. Poco a poco consiguió clientes por recomendación, formó su propio equipo y creó su compañía.
“Nunca me gusta decir: ‘No se puede’. Se puede; buscamos la manera.”
Esa misma determinación que lo llevó a construir su negocio sería necesaria para enfrentar su proceso migratorio.
La pregunta que abrió una posibilidad migratoria
Santos sabía que su hija podría ayudarlo al cumplir 21 años. Cuando ella alcanzó esa edad, acudieron con un abogado de inmigración para conocer sus opciones. El panorama legal no era tan sencillo como esperaban, pero durante la consulta surgió una alternativa que la familia no había considerado.
Su hija podía presentar la petición familiar y su madre, quien ya era residente permanente, resultó fundamental para continuar con el perdón migratorio que requería su caso.
La respuesta estaba dentro de su propia historia familiar, pero Santos no la habría descubierto si se hubiera quedado solamente con lo que había escuchado de otras personas.
“Vamos a ver a los abogados. Nada perdemos con preguntar.”
Un proceso que la pandemia convirtió en años de espera
Santos inició su proceso alrededor de 2019. Al principio le explicaron que podría tardar entre 12 y 18 meses y que, llegado el momento, tendría que salir del país para asistir a su cita consular en Ciudad Juárez.
Entonces llegó la pandemia. Las oficinas suspendieron actividades, las citas se acumularon y los meses se convirtieron en años. Hubo momentos en que Santos pensó que quizá el proceso ya no avanzaría.
Cada nueva señal —la cita para las huellas, una actualización del caso o una carta— le devolvía un poco de esperanza. Finalmente, en 2025, recibió la notificación que había esperado durante tanto tiempo: ya tenía fecha para presentarse en Ciudad Juárez.
El miedo de salir y no poder regresar
La noticia de la cita trajo emoción, pero también temor. Santos llevaba 30 años en Estados Unidos. Aquí estaban sus hijos, su trabajo, su casa y todo lo que había construido.
Los comentarios de otras personas aumentaron sus dudas. Escuchaba historias de personas que habían salido y no habían podido volver. Antes de viajar, regresó con su abogada para confirmar que su documentación estuviera completa y que el caso estuviera listo.
Incluso pensó en un plan desesperado si algo salía mal: volver a cruzar caminando. Su hija, que lo acompañó durante todo el proceso, le recordó que debía confiar en la preparación del caso.
Tres horas esperando y tres minutos que lo cambiaron todo
En Ciudad Juárez, Santos asistió primero al examen médico, después entregó sus documentos y finalmente se presentó a la entrevista consular.
Esperó cerca de tres horas para hablar con el oficial. La entrevista, en cambio, duró aproximadamente tres minutos. Le preguntaron cuándo había ingresado, si alguna vez había sido detenido por inmigración, si había regresado a México durante esos 30 años y a qué se dedicaba su hija.
Santos respondió con la verdad. Entonces escuchó las palabras que había esperado durante años:
“Su visa está aprobada.”
Cuando salió con el comprobante verde, su hija lo esperaba llorando de emoción. Dos días después recibieron la notificación de que el paquete estaba listo y pudo completar su regreso legal a Estados Unidos.
Volver a casa después de 30 años
Antes de regresar a Tennessee, Santos y su hija viajaron a Hidalgo. Era la primera vez en tres décadas que él volvía a su comunidad y la primera vez que su hija conocía México.
Volvió a abrazar a sus padres, convivió con sus hermanas y recorrió junto a su hija las calles de su infancia. La visita coincidió con el cumpleaños de ella, que la familia celebró con pastel y mole.
El tiempo no fue suficiente para recuperar 30 años, pero sí para cerrar una ausencia que había acompañado a Santos durante gran parte de su vida.
Para él, el resultado de este proceso también pertenece a las dos mujeres que estuvieron a su lado: su madre, quien aceptó apoyarlo sin dudarlo, y su hija, que organizó documentos, viajes y comunicaciones, además de acompañarlo hasta Ciudad Juárez.
“Gracias a mi hija se hizo todo esto. Gracias a mi mamá también, pero mi hija me apoyó cien por ciento.”
La primera meta al regresar: recuperar su licencia
Al volver a Tennessee como residente, Santos tenía una prioridad: obtener nuevamente su licencia de conducir. No aprobó el examen en el primer intento, pero estudió durante dos semanas y regresó preparado.
La segunda vez lo consiguió. Para alguien que conduce todos los días por su trabajo, aquella licencia representó mucho más que un documento: significó seguridad, responsabilidad y tranquilidad.
Su mensaje para quienes creen que “no se puede”
La experiencia de Santos deja una lección clara: no todas las historias que circulan entre amigos, familiares o redes sociales corresponden a la realidad de cada caso. Escuchar que algo “no se puede” no sustituye una evaluación profesional.
“No hay que estancarse. Hay que preguntar y asesorarse, porque muchos dicen: ‘No se puede ahorita’, y uno se queda con eso. Pero no lo intentamos.”
Cada proceso de inmigración en Estados Unidos es diferente. La historia de Santos no garantiza el mismo resultado para otras personas, pero sí demuestra el valor de buscar información confiable, conocer las opciones disponibles y no permitir que el miedo tome la decisión antes que uno.
Mira el episodio completo aquí
Acompáñanos a conocer la historia completa de Santos Torquemada: desde aquel adolescente que salió de Hidalgo para trabajar en la construcción hasta el padre, empresario y residente permanente que regresó a México después de 30 años.
Video de YouTube: 30 años sin volver a México… hasta obtener su residencia
¿Has escuchado que tu caso “no tiene solución” sin haber recibido una evaluación profesional? No te quedes únicamente con la duda o con la experiencia de otra persona.
Busca orientación sobre tu propia situación y comparte este episodio con alguien que necesite escuchar que preguntar también puede ser el comienzo de una nueva historia.
Este contenido comparte una experiencia personal con fines informativos y no constituye asesoría legal. Cada caso migratorio depende de sus propios hechos y circunstancias.



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